Acabamos de pasar septiembre, el mes de la vuelta al colegio, el del inicio del año no-oficial para muchas personas y el del regreso a la rutina para quien la haya perdido. Es la época de “volver a empezar”, como aquella película de Garci, que nos da a entender que la vida continúa. Lo hemos visto en las redes y los medios, que en los últimos días se han llenado también de publicaciones sobre la prevención del suicidio. Han sido muchos los profesionales de la salud que han hablado de esta realidad doliente y compleja, en un intento de poner sobre la mesa lo que está sucediendo con el deseo de que cambie.

Y, ¿qué es lo que sucede? Los datos dicen que en 2024 descendió el número de suicidios consumados en la población española por segundo año consecutivo: casi 4.000 personas, de las que tres de cada cuatro eran varones, con dos picos de edad clave: entre los 50–59 años y más de 69 años. Sin embargo, pese a disminuir el número de personas que ponen fin a su vida, la atención en urgencias – y aquí hablo de mi experiencia y la de compañeros – es la de un goteo constante y diario de ideaciones o gestos autolíticos, especialmente en mujeres jóvenes.

El sufrimiento psíquico genuino y el malestar vital no tolerado se entremezclan, emplazando a los profesionales a una labor titánica, y en ocasiones a contrarreloj, de discernimiento, poniendo el criterio médico al servicio de unos recursos sanitarios limitados que mal utilizados pueden generar iatrogenia.

Contexto

Poder identificar un trastorno mental grave subyacente a dicha ideación o gesto es fundamental a la hora de determinar el tipo de ayuda que brindar; sin embargo, es clave al hablar del suicidio abordar la complejidad de dicho fenómeno, alejándonos de causalidades basadas en diagnósticos y aproximándonos a un manto de factores contextuales (economía, sociedad, familia) y existenciales.

Precisamente por eso, no nos podemos olvidar de las familias, quienes buscan ayuda al tiempo que intentan comprender lo que le sucede a quien está a su lado; por eso, cuando se encuentran al límite de sus fuerzas, qué humano es también sostener al cuidador que no puede más, barriendo la culpa y la frustración con palabras de consuelo y de fortaleza, de reconocimiento y de esperanza.

Evolución

De este modo, tanto psiquiatras como psicólogos ofrecemos a las personas lo mejor de nosotros en momentos de crisis. Buceamos en su historia para entender qué ocurre de forma longitudinal, nos formamos para ayudar a encontrar un sentido vital, tratando de desplegar los recursos sociales disponibles, con las limitaciones inevitables, para evitar que dicho desenlace suceda.

Observamos alrededor a nuestros compañeros de profesión, muchos de nosotros agotados y frustrados, porque más allá de las cifras, intuimos un problema que trasciende lo sanitario y se envuelve en lo filosófico de forma muy tangible. Resulta necesario, por tanto, hablar del vacío existencial acuciante, la ausencia de espiritualidad y la falta de propósito, signos de una vida ponderada en términos utilitaristas que hace que los discursos antagónicos sobre la vida se entremezclen.

En medio de esta situación y con el gran riesgo de caer en el nihilismo, ¿qué hacer? Solo puedo pensar en la “magnífica humanidad” que somos y en la decisión que estamos instados a tomar. Quiero optar por la esperanza, por la fraternidad, por el darse a los demás y seguir ofreciendo lo mejor que tenemos con el anhelo de ayudar al que lo necesita. Sin discursos y sin polaridades, todos juntos, apostando por la construcción de vidas con un sentido, con propósito y con un lugar en la sociedad. Quizá así encontremos el camino para volver a empezar cada septiembre con la idea de que la vida sí merece ser vivida.

Artículo elaborado por: Ana Fernández Villar, coordinadora del Área Sanitaria de Salud Mental en Fundación Hospitalarias Cantabria

Ana Fernández nos habla sobre la prevención del suicidio