Quienes conviven con dolor crónico suelen aprender a conocer su cuerpo con gran precisión. Algunos identifican determinados movimientos, una mala noche o el estrés como desencadenantes de días peores. Otros aseguran notar también los cambios de tiempo, incluso cuando hace calor. De hecho, este último verano, con las incesantes olas de calor que hemos tenido, no ha sido infrecuente escuchar cómo el calor ha modificado el dolor, el cansancio o la tolerancia al esfuerzo.
Esto tiene una explicación científica, aunque no sea tan sencilla como afirmar que “el calor empeora el dolor”. Temperatura y dolor comparten parte de sus vías de entrada al sistema nervioso. En la piel y otros tejidos existen terminaciones nerviosas capaces de detectar cambios térmicos y estímulos potencialmente dañinos. Algunas disponen de canales sensibles a la temperatura que participan también en la nocicepción, el proceso por el que el sistema nervioso detecta señales potencialmente dolorosas.
Pero una cosa es aplicar calor sobre una zona concreta y otra pasar varios días a 35 grados. El calor local puede utilizarse como medida analgésica en determinadas situaciones: produce vasodilatación, puede modificar temporalmente la sensibilidad y favorecer la relajación muscular. Pero la relación con la inflamación también requiere matices.
¿Calor local?
Los procesos inflamatorios pueden aumentar la sensibilidad de las terminaciones nerviosas y modificar su respuesta a los estímulos térmicos, pero esto no significa que una temperatura ambiental elevada aumente necesariamente la inflamación que origina un dolor crónico. Así, alguien que obtiene alivio con calor local puede encontrarse peor durante una ola de calor. En un caso el estímulo es localizado y controlado; en el otro, todo el organismo debe mantener estable su temperatura interna.
Cuando aumenta mucho la temperatura ambiental, el cuerpo incrementa el flujo sanguíneo hacia la piel y activa la sudoración. El sistema nervioso autónomo participa de forma decisiva en esta regulación. En algunas personas, especialmente si existe intolerancia al calor o alguna alteración autonómica, este esfuerzo de adaptación puede acompañarse de mareo, palpitaciones, debilidad o agotamiento, haciendo más difícil convivir con un dolor ya presente.
A ello se suman efectos indirectos. Con demasiado calor podemos dormir peor, deshidratarnos con mayor facilidad, modificar nuestra actividad y sentir más fatiga. Sueño y dolor mantienen además una relación bidireccional: el dolor dificulta dormir y dormir mal puede aumentar nuestra sensibilidad al dolor.
Esto ayuda a entender por qué dos personas con el mismo diagnóstico pueden vivir las rachas de calor de forma muy diferente. En fibromialgia, por ejemplo, los estudios de laboratorio muestran alteraciones de la sensibilidad térmica en muchos pacientes. Sin embargo, la relación entre temperatura ambiental e intensidad del dolor en la vida cotidiana es mucho menos uniforme. Algo parecido ocurre en otras enfermedades musculoesqueléticas: no puede afirmarse que una determinada temperatura empeore necesariamente el dolor de todas las personas con artritis, artrosis o dolor lumbar.
Experiencia
Que los estudios no encuentren una regla aplicable a todos no invalida la experiencia individual. El dolor crónico depende de muchos factores y la temperatura puede ser relevante para unas personas y apenas serlo para otras.
También merece atención la medicación. Algunos fármacos utilizados por personas con enfermedades crónicas pueden favorecer la deshidratación, modificar la sudoración, reducir la tolerancia al calor o facilitar descensos de la presión arterial. Esto no significa que deban suspenderse: nunca debería modificarse un tratamiento por iniciativa propia. En personas especialmente vulnerables puede ser conveniente consultar qué precauciones adoptar ante temperaturas extremas.
No necesitamos vivir pendientes del termómetro ni dejar de movernos por miedo al dolor. Conviene mantener una hidratación adecuada, evitar las horas de más calor para realizar actividad física, buscar ambientes frescos, utilizar ropa ligera y conservar horarios razonablemente regulares de sueño y actividad. Si existe una relación clara entre calor y síntomas, puede ser útil observar no solo la temperatura, sino también cómo hemos dormido, cuánto nos hemos movido, la hidratación y qué otros síntomas han aparecido.
Un dolor nuevo
Tampoco debemos atribuir cualquier cambio al dolor crónico o al calor. Un dolor nuevo, claramente diferente del habitual, especialmente intenso o acompañado de pérdida de fuerza, alteraciones de la sensibilidad, fiebre u otros síntomas relevantes merece valoración médica. Durante un episodio de calor intenso, la aparición de confusión, desmayo, dificultad respiratoria o un deterioro importante del estado general también requiere atención.
Convivir durante años con dolor enseña a reconocer muchas señales del propio cuerpo. Escucharlas es útil. Interpretarlas bien lo es todavía más. El calor puede modificar nuestra experiencia del dolor, pero casi nunca actúa solo: temperatura, sueño, hidratación, actividad física, sistema nervioso y estado general están continuamente relacionados. Entender esas conexiones permite afrontar los meses más calurosos sin reglas rígidas, conociendo mejor qué factores influyen en cada persona y cómo adaptarse a ellos.
Por: Francisco Martínez Pérez, médico especialista en Neurofisiología Clínica
